De un movimiento rápido, me seque el sudor de la frente con
el chaleco de lana que llevaba puesto. Mis pies descalzos corrían sin cesar,
produciendo ruidos con cada una de las ramitas que pisaba, dejando huellas en
las zonas de barro. La oscuridad absoluta reinaba en la noche, y me atrapaba entre sus tinieblas incitándome
a seguir escapando de la bestia. No se
cuan lejos estaría, no quería mirar hacia atrás. Nunca estaría lo
suficientemente lejos, ni aunque me pasase toda la noche, toda mi vida huyendo.
Los fantasmas del crepúsculo danzaban alegremente a mi alrededor como queriendo
burlarse de mi intento de huida, mientras yo seguía corriendo con todas mis
fuerzas. El aliento salía y entraba bruscamente de mi boca, y el corazón me
palpitaba fuerte contra la sien y detrás de mis oídos, como la bomba que es, a
punto de estallar de un momento a otro.
El aroma del eucalipto, tan familiar, ahora se veía completamente
opacado por un olor agrio, muy poco apetecible. Quizás sea el olor del miedo,
todo mi ser destilaba miedo. Dicen que las bestias pueden oler el miedo, a lo
mejor yo también. ¿Habria alguna otra criatura con miedo en el bosque? Quién sabe. Despues de un… tiempo, no se si
minutos u horas, llegue a un pequeño claro, donde el camino se dividia en dos.
Me senté en el frio suelo, ya no había esperanzas de salir vivo de esta
pesadilla. Mis ojos hicieron una pequeña revisión del bosque, encontrándose con
un espeluznante espectáculo: los arbustos ahora estaban siendo remplazados por
lapidas, con cuerpos inertes yaciendo sobre y alrededor de ellas. No quería
mirar los nombres, no quería saber quienes, al igual que yo, habían pasado por
este horrible episodio. Tampoco los conte, pero puedo aventurar que al menos
cincuenta hombres, cuyas vidas ahora estaban desparramadas en un claro, inertes
sobre la hierba seca, decoraban el bosque de una forma terrorífica. Finalmente,
me prepare para la llegada de la culminación de mi existencia, recostado sobre
las malezas, con el brazo derecho cruzando mi vista.
Abri los ojos, y me despereze lentamente. Una vez que
asegure los pies sobre el calido suelo de mi habitación, fui hacia el baño
principal de la casa, donde el espejo me devolvió la misma imagen de todas las
mañanas. El pelo castaño se veía desprolijo, y mis manos y pies, con restos del
pasto de anoche, me conferían un aspecto realmente medieval.
Esta vez tuve un poco mas de suerte: los afilados dientes de
la bestia solo habían atacado en la parte superior de mis piernas, un lugar
fácil de disimular. Sin embargo, supuse que debería usar una bufanda, puesto
que las lastimaduras de la nuca, que dejaban entrever pequeños hilos de sangre
que seguían corriendo, eran mucho mas evidentes.
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