Sus gélidos dedos rozaron mi cuello, acomodándose en él como las garras que solían ser al momento de un crimen. Casi inconscientemente de lo que estaba haciendo, y del peligro que ello implicaba, me eché hacia atrás sutilmente, con la respiración dificultosa, y los ojos cansados. Como era de esperar, él lo noto, él sabia todo de mi. Apenas atino a sonreír sarcásticamente, para luego dejar escapar un suspiro de disconformidad.
Casi que no podía mantenerme despierta, pero debía hacerlo. Me prohibí estar con la guardia baja en situaciones extremas, y ahora no me quedaba otra que cumplir mi promesa. Tampoco es que me resulte tentadora la idea de terminar mi vida sin saber qué estaba pasando verdaderamente.
Había llegado al fin del mundo. No, no era el fin del mundo. Era el fin de mi mundo. Mi fin. A las demás personas les vale un comino que mi vida se termine.
- Si, acepto. -susurré por lo bajo en respuesta al sacerdote. Era imposible de creer. ¿Qué perdería? ¿Que ganaría? ¿Valdría la pena sacrificar mi felicidad, por el bienestar de mi familia?
- Si, acepto. -dijo él a su vez. Su respuesta sonó clara y victoriosa, era mucho mejor actor que yo, característica que fue perfeccionando durante sus veintiocho primaveras.
El momento que todas las damas de la región sueñan, se convirtió en mi peor pesadilla. Sus labios se unieron con los míos al son del 'Puede besar a la novia', y el gentío presente estallo en aplausos y exclamaciones. El anillo sobre mi dedo anular parecía quemarme la piel, pesar tres toneladas, y arder como si del mismísimo sol se tratase.
Y este fue el momento en el que, para mi total desconsuelo, me convertí en el objeto mas preciado, del hombre mas codiciado de toda Derbyshire.
Sin mas, confío en que mi habitual resiliencia desemboque en una existencia soportable.
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