Sus utopías se habían convertido en sus peores enemigas al verse derrotadas por el mundo frío y real que le rodeaba, dejando así que sus miedos abatieran sin compasión el pequeño castillo de felicidad que inventó en su cabeza.
Pero no había sido ella la culpable, claro que no. Su corazón se había vuelto de piedra, estaba endurecido por el inconfundible rastro de decepción y disgusto que últimamente rondaba a pesar de ser ellas sus menos predilectas emociones. Cambiar es fácil, cambiar de gustos, cambiar de ropa. Pero devolver un corazón muerto a la vida precisa mil y un milagros.
Cuando todo va demasiado bien, es que algo va mal. Y va tan mal que es mejor negarlo a intentar repararlo.
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