viernes, 4 de julio de 2014

De espejos, humedades y otras paranoias.

Un par de  manos arrugadas que se mueven lenta y minuciosamente, dejando su estela de estalagmita sobre un empañado y etéreo ventanal de colectivo. Escena habitual y conocida para todos los que día a día compartíamos la experiencia de viajar en el 181. Digo compartíamos, porque obviamente desistí de verme involucrada en semejante locura. No volví a ver a ninguno de los ocho que conformábamos lo que me gusta recordar como el turno mañanero del 181. Ni al señor de la boina, ni al pibe del montgomery negro, ni a la chica rubia que subía una parada después que yo -y que solía quedarse dormida, lo sabía por la bufanda que a veces olvidaba-. Es que no podría siquiera tentar la idea de someterme de nuevo al espeluznante espectáculo que, como un espectro, una mañana de julio decidió azotar la tranquila y tradicional tragicomedia a la que con tanto gusto llamamos trajín de la vida diaria. De la misma forma en la que el gélido viento te hace tiritar cuando se abren las puertas del bondi, así de repentino, repulsivo e inexplicablemente reprochable.

Y sí, yo sé que ustedes querrán que les cuente qué pasó, quién es el dueño -o la dueña- de esas manos, manos malditas que manifestaban miles de maneras mágicas y misteriosas de matar el tiempo, pero paciencia, que es mi principal propósito hacerles partícipes de este particular episodio. Comienzo por decirles que deberían de preguntarse cómo vinculé el vaivén de valoraciones vaticinadas por mi persona, con la infantil e insensata (incipiente incomprehensible) idea de que había todo un mundo a descubrir detrás del cristal a medio empañar, a medio dibujar.
Porque sé que en alguna nimia gota de humedad condensada con mis cálidos dedos, está el pasillo de lo absoluto, el pasaje a un pueblo ¿perdido?, en parte probablemente poco posible, en parte peligrosamente probable. Un poblado pobre y pandémico me imagino yo. Un pequeño pueblito de verdades universales, de sentimientos y certezas. El etcétera de la vida, nuestras inconsciencias reales, la posta de la posta, la creme de la creme. Todo, el lado oscuro de la luna y el lado iluminado, el antes y el después, el todo y el nada en un electrocardiograma de vidrio reforzado.

Un día tuve que bajarme del colectivo. Pero imagino que los otros siguen allí, como locos, tontos, zonzos, bobos, sentados solitariamente, suspirando por todos los sentidos, suplicando la aparición de sus propios pueblos pobres y pandémicos, evidencias existenciales del elixir de sus vidas.

Qué idiotas. Si supieran que en el espejo del baño uno puede buscar más a gusto.

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